Era de noche y hacía frío. Nevaba. Me había desmayado y había caído de la montura, una manta india. En sueños oía voces: alguien me había encontrado. Hablaban en una lengua que me resultaba familiar.
Cuando desperté me llevaron a una gran tienda. Los hombres discutían. Yo permanecía en el centro. De pies. Las mujeres me observaban. Una de las ancianas con especial intensidad. Pasó tiempo. A mí me pareció mucho y caí de rodillas. Uno de los hombres se dirigió hacia mí, muy enfadado. Gritaba agitando la manta de mi montura. Pronuncié "Goyaalé". Todos me miraron al unísono. La mujer mayor se acercó a mí. Repetía una y otra vez el mismo nombre: Goyaalé. Añadía frases que yo no entendía y empezó a llorar. Comprendí que era su madre. Se arrodilló frente a mí y empezó a balancearse entre sollozos. No sabía cómo consolarla, pero necesitaba hacerlo. Goyaalé lo hubiera querido así. Me quité los collares y los amuletos él me había entregado y que llevaba bajo la ropa y los puse entre sus manos. Nos miramos y nos entendimos. Descubrí mi vientre de ocho meses oculto entre capas y capas de tela. Sobre la piel, tersa y tirante, seguían dibujados los símbolos que Goyaalé me había dibujado con pintura roja antes de partir. Una lágrima tras otra caían y rodaban sobre los dibujos. No sé si eran las suyas o las mías. No entendía los símbolos, ni el idioma en el que todos hablaban. Los sonidos se volvían lejanos y confusos. La madre de Goyaalé, la abuela del bebé que llevaba en mis entrañas se volvía una imagen borrosa.
...
La última mañana, mientras ella seguía somnolienta, él cogió la pintura roja e hizo dibujos en su vientre. La víspera, le había señalado la luna y hablado largo y tendido. Como de costumbre, a pesar de que ella no le entendía nada, había escuchado embelesada. ¿Por qué le gustaba tanto si no hablaban el mismo idioma? A veces, era ella la que hablaba sin parar. Él tampoco la comprendía pero le prestaba toda la atención del mundo. Siendo muy felices juntos. Fuera se escuchó ladrar a los perros y agitar de caballos. El la ayudó a vestirse con prisa, le puso al cuello todos sus collares y amuletos y la hizo salir de la tienda a hurtadillas. Le repetió la frase que le había dicho tantas otras veces mientras le ayudaba a subir a su caballo favorito. Besó su vientre y sus manos y se miraron por última vez.
Desde la lejanía, ella oyó disparos y una fina columna de humo negro se abrió paso hacia el cielo gris de un invierno que, de pronto, se anunciaba inhóspito y peligroso. Cabalgó mucho tiempo, más de un día, o quizá dos. El caballo sabía a dónde iba.
Hasta que ella, agotada, cayó de la montura. Era de noche y hacía frío. Nevaba.
El pasado ya no está, el futuro aún no existe, el presente es lo único que tenemos.
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jueves, 25 de septiembre de 2014
martes, 23 de septiembre de 2014
EVAPORADA
Él la oprimió con fuerza entre sus brazos.
Ella, poco a poco, empezó a humedecerse.
Ella, poco a poco, empezó a humedecerse.
Pequeñas gotitas de agua perlaron su piel y empezaron a multiplicarse hasta convertirse en agua.
En el lecho, sólo la huella de humedad quedaba como evidencia de que ella había estado allí.
En otro lugar, un él distinto dormía solo.
Una nube de vapor se deslizó bajo la puerta de la habitación y se instaló junto a él, que despertó al sentir algo mojado.
Con lentitud, el vapor se convirtió en agua y el agua se materializó en una forma de mujer que quedó seca y dormida entre otros brazos.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Tetraedro
CARA I.
Aquel verano fue diferente. No regresé a casa. Volví de las vacaciones a mi nuevo apartamento. Mi primer mes de agosto sin ella y sin mis hijos. Los nuestros. Estaba solo. Me había quedado solo. Lo estaba con razón. Yo me lo había buscado. Ella me había perdonado muchas veces. Cada vez que me creía y volvía a saberla mía, sentía poder. Todopoderoso. Monarca de una tiranía con tres súbditos. La palabra perdón ¿qué significa? Sólo es una llave para poder abrir la puerta de una relación. Un día, la puerta no se abrió. En ella ponía respeto y yo... yo no tenía ni tengo esa llave. ¿Cómo pudo cambiar la maldita cerradura?
CARA II,
Tenía doce años. Mamá fue a recogerme a la parada del autobús. Como si no tuviera importancia me preguntó si papá me había dicho algo la noche anterior. Le respondí que sí, que me había dicho que me quería pasara lo que pasara. Hoy sé que su forma de querer es egoísta. Cuando volvimos a casa y vi que me había dejado sus tebeos de colección de Mortadelo y Filemón y un tanque en miniatura, tuve claro que se había ido para siempre. Fui a ver a mamá, que estaba en la cocina y se lo dije.
CARA III
CARA IV.
Fue un verano feliz. El nos había abandonado sin avisar una mañana de junio. Aprovechó que los niños estaban en el colegio y que yo tenía médico. Cuando fui al cajero y vi que se había llevado todo el dinero, no sé... no sé lo que pensé, pero sí recuerdo que sentí vértigo. De golpe intuí todo lo que se me venía encima. Cuando volví a casa... ¡Cómo estaba la casa! Patas arriba, en lugar de un marido, parecía que había pasado un ladrón. Tal vez así había sido. Había pasado por mi vida uno que me había robado años de mi vida, no los mejores, porque bien se encargó él de que no fuera así. No tenía dinero. Sólo a mis hijos y la responsabilidad de salir adelante. Por fin, me tenía también a mí misma. Para mí sola. Para reconstruirme, para dejar de ser esclava, para volver a ser persona. Caminaba por el pasillo de casa y no tenía miedo, así que cambié la cerradura de mi corazón. Ponía respeto, ya no la abría un "perdón".
Aquel verano fue diferente. No regresé a casa. Volví de las vacaciones a mi nuevo apartamento. Mi primer mes de agosto sin ella y sin mis hijos. Los nuestros. Estaba solo. Me había quedado solo. Lo estaba con razón. Yo me lo había buscado. Ella me había perdonado muchas veces. Cada vez que me creía y volvía a saberla mía, sentía poder. Todopoderoso. Monarca de una tiranía con tres súbditos. La palabra perdón ¿qué significa? Sólo es una llave para poder abrir la puerta de una relación. Un día, la puerta no se abrió. En ella ponía respeto y yo... yo no tenía ni tengo esa llave. ¿Cómo pudo cambiar la maldita cerradura?
CARA II,
Tenía doce años. Mamá fue a recogerme a la parada del autobús. Como si no tuviera importancia me preguntó si papá me había dicho algo la noche anterior. Le respondí que sí, que me había dicho que me quería pasara lo que pasara. Hoy sé que su forma de querer es egoísta. Cuando volvimos a casa y vi que me había dejado sus tebeos de colección de Mortadelo y Filemón y un tanque en miniatura, tuve claro que se había ido para siempre. Fui a ver a mamá, que estaba en la cocina y se lo dije.
CARA III
Tenía nueve años. Mamá me dijo que papá se había ido de viaje y me extrañó. Le pregunté si había dicho adiós. Ella dijo que no. Pasaban los días y papá no volvía. Fui a ver a mamá, que estaba en la cocina y pregunté: "¿Cuándo vuelve papá?". Ella contestó: "No va a volver". Yo repliqué: "No te creo". Me cogió de la mano y me fue enseñando la casa, todos los objetos ausentes de papá, en los que yo no había reparado, hasta que llegamos a su habitación y abrió su armario. Estaba vacío. Empecé a llorar. Mi hermano vino y afirmó muy serio: "No sé porqué se lo has contado, te avisé que iba a llorar mucho cuando se enterara".
Fue un verano feliz. El nos había abandonado sin avisar una mañana de junio. Aprovechó que los niños estaban en el colegio y que yo tenía médico. Cuando fui al cajero y vi que se había llevado todo el dinero, no sé... no sé lo que pensé, pero sí recuerdo que sentí vértigo. De golpe intuí todo lo que se me venía encima. Cuando volví a casa... ¡Cómo estaba la casa! Patas arriba, en lugar de un marido, parecía que había pasado un ladrón. Tal vez así había sido. Había pasado por mi vida uno que me había robado años de mi vida, no los mejores, porque bien se encargó él de que no fuera así. No tenía dinero. Sólo a mis hijos y la responsabilidad de salir adelante. Por fin, me tenía también a mí misma. Para mí sola. Para reconstruirme, para dejar de ser esclava, para volver a ser persona. Caminaba por el pasillo de casa y no tenía miedo, así que cambié la cerradura de mi corazón. Ponía respeto, ya no la abría un "perdón".
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