-¡Sandra, se te va a enfriar el desayuno!
Lola comprimió con violencia la botella de leche y le puso el tapón a rosca para evitar que volviera a entrar el aire y se hinchara de nuevo. La que sí se estaba hinchando, pero de furia, era ella. Tiró el envase al cubo amarillo que tenía bajo el fregadero y se agarró a la encimera, concentrándose en respirar. Tenía que calmarse o acabaría yendo a por Sandra y trayéndola a la cocina agarrada por los pelos. Se imaginó la escena y no pudo evitar sonreír. La sorpresa de la niña iba a ser morrocotuda, porque jamás había tenido un solo gesto de violencia con ella. Respiró. Notaba cómo la tensión le estiraba los nervios y hacía que un hormigueo picante le recorriera todo el cuerpo.
- ¿Decías algo, mamá?
Sandra estaba somnolienta junto a la puerta de la cocina, descalza y despeinada, con los labios, con esos mismos labios de bebé que había observado tantas, tantísimas veces a lo largo de los últimos once años, con esos mofletes que había besado tantas y tantas más...
- Si la leche está fría, te la vuelvo a calentar, cariño.
El pasado ya no está, el futuro aún no existe, el presente es lo único que tenemos.
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viernes, 11 de marzo de 2016
sábado, 25 de abril de 2015
DOS VECES NO SON AMOR. YO YA(S) NO
La primera bofetada me cogió por sorpresa.
La segunda ya no.
Deseaba que no hubiera otra, pero llegó.
Lo que sucedió es que esta vez ya no me alcanzó.
Aunque no me tocó, me rompió el corazón.
Me quedé en silencio y lo miré.
Luego me marché.
Empezó a seguirme pidiendo perdón, diciendo que la culpa era mía, y lo suyo, celos del más puro amor.
Lo peor…
Lo peor es que él lo creía.
Lo mejor, que yo no.
Que yo ya no.
Dos veces son demasiadas.
Dos veces no son amor.
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